jueves, 14 de noviembre de 2013

La nieve al caer

Aún me acuerdo de su sonrisa, su cabello, su mirada, sus caricias. Las veces que nos quedábamos mirándonos sin un génesis determinado, tumbados, estando desnudas nuestras personalidades más íntimas en pleno apogeo de lo desconocido. 
Los paseos, los abrazos y las noches en París, que parecían eternas y sin embargo, fue todo lo contrario. El beso bajo la torre Eiffel, recuerdo que no se irá y que solo unos pocos afortunados pudieron ver... Ese momento de debilidad, que afortunadamente, a nadie le importa ya.
Aún me acuerdo de las visitas, del verano, de las noches en vela y de las discusiones. De las risas en la habitación, y de las lágrimas silenciosas que recorrieron nuestras mejillas. 
Y de todo lo demás.

Momentos que no se olvidan, pero que tampoco tienen mayor trascendencia. Ocurrió y es una experiencia más. El futuro nos deparaba caminos separados, pero nos teníamos que haber conocido. Y eso fue todo.

Aún me acuerdo de la conversación donde me dijeron: "Si te quiere de verdad, cuando le dejes ir, volverá". Pero no volvió. No volvió porque yo no quería que volviera. Había sido bonito.
No hay que arrepentirse de nada en esta vida, porque al final, esos actos son los que te definen.


A decir verdad, nadie es mejor que nadie. Todo(s) tiene(n) su punto de vista.
Pero si se una cosa: cuando vemos la nieve caer, muchos lo tienen considerado como algo triste. Pero su composición es totalmente lo contrario. Una perfección enmascarada con frío.



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