miércoles, 16 de octubre de 2013

Nunca, nadie, no.

Me llamo Quinn Axelsson. Y ésta es mi historia.

Desde pequeña, tenía un sueño. Quería volar. Sentir el aire acariciándome la cara. Pero mi padre me decía que no era posible, que nadie tenía superpoderes, que solo estaba en mi imaginación. Pero yo no quise que se quedara ahí, porque dentro de mí sabía que podría conseguirlo. Me acuerdo que me ponía un mantel en forma de capa en mi espalda, atada al cuello. y con el puño hacia delante, corría por todo el salón. Mi madre se reía, desde detrás del cuadro que pintaba: un precioso atardecer del puerto de  diciendo que era encantadora. Me dijo que algún día viajaríamos a alguna ciudad en avión. Y yo no podía saltar más de alegría... ¿De verdad, mami? ¿Podré volar?

Pero nunca llegó ese viaje. Con sólo 6 años la perdí. Se marchó a un lugar mejor. Pero nos mudamos al poco tiempo, mi padre decía que no podía permanecer más allí. Y hasta que no tuve 10 años, no le entendí. Estaba demasiado en mi infancia, supongo. Siempre fui una niña con carácter duro, pero sensible al fin y al cabo. Empezamos una nueva vida, en Estocolmo, y la timidez podía conmigo y me costaba mucho hacer amigos en el colegio. Pero un día se acercó Isak y desde entonces, fuimos prácticamente inseparables.

Llegó la etapa del instituto, y mi padre decía que era una hormona con patas. Mis amigas y yo estábamos todo el día cotilleando. Y mira a éste, y a aquél... qué bien me lo pasaba. Hasta que un día, le conocí. Isak Jönsson. A todas se nos caía la baba cuando pasaba por el pasillo. Tenía algo aquel chico... A parte de ser nuevo en mi curso. Aún en esta etapa, todos los veranos le decía a mi padre que quería viajar, aunque solo fuera una semana, a París. Y la mejor manera para ir era volando... Pero mi padre siempre estaba trabajando, para sacarnos adelante, y nunca tenía tiempo para irse de viaje. Desde que mi madre no estaba, ya no tenía la misma ilusión por volar...

En cambio, decidí apuntarme al club de teatro del instituto. Me ayudaba a teletransportarme a otro lugar. No pensaba en mí misma. El escenario era mi templo: allí hacía que bailaba, cantaba como si fuera una gran artista, interpretaba mil y un papeles diferentes... La profesora decía que tenía un talento para adaptarme y que lo enfocase a la interpretación teatral. Pero mi padre no pensaba lo mismo, porque también se me daban genial las matemáticas, y eso "tenía futuro". Y le preguntaba: "¿Por qué te parece tan mal que haga teatro? Las matemáticas al fin y al cabo son números, pero también hay que interpretarlas y entenderlas. Y tú no me entiendes". Él sólo me dijo: "No solo tienes los ojos de tu madre. Tienes su mismo espíritu". Y eso, me enorgulleció. Pero vi que mi padre solo quería protegerme, porque no podía perder a nadie más...

Al final, acabé en una prestigiosa universidad, estudiando Artes Escénicas y Matemáticas. Conseguí unir lo que me apasionaba con la práctica. Y me fue genial. Se que mi padre no lo comparte, pero en el fondo, está orgulloso de mí. Ahora soy profesora, casi retirada de los escenarios, excepto por el último golpe que quería dar... Una última actuación. En el Teatro Real. Iba a ser un gran acontecimiento. ¿La obra? La comencé a escribir con solo 12 años y la fui retocando hasta que con 26 la acabé. En él conseguiría mi sueño. Gracias a unos cables en mi cintura, volaría... El título no importaba, lo que importaba era que iba en honor a mi madre, que siempre confió en mí y sabía que estuviera donde estuviese, seguía haciéndolo, y a mi padre, por hacer de mi la persona que soy ahora.
Recuerdo que mientras me alzaban los cables, una lágrima recorría mi mejilla derecha. Mi padre lo vio. Y como hombre que era, intentó reprimir lágrimas, suceso que no consiguió. Al finalizar, todo el teatro estaba en pie. No se cuanto duraron los aplausos, ni los gritos, ni la alegría que me transmitían. Pero se que mi sueño se había cumplido. Y la felicidad que sentía nunca la olvidaría.

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo...

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