jueves, 22 de diciembre de 2011

Tú, Yo y una cuenta pendiente.

...Estaba sentado, tranquilo, pensando en las nubes. Miré a mi izquierda. En medio de la terraza de aquél bar corría graciosa una brisa, escondiéndose detrás de aquella pamela azul, y de aquellos tacones blancos, siempre con su sonrisa, y de aquellas sillas en disposición de rodeo a una mesa, como si la estuvieran acechando para pegarle una salvaje paliza... En fin, y detrás de esa melena rubia, deslizándose, jugueteando, y despues de haber recorrido todo el espacio disponible en esas dimensiones no tan allá, se alejó y no volvió...
¡Qué linda Brisa! Me recordaba a mis primas pequeñas, la misma sonrisa, la misma felicidad irradiante... Genial. 


Ahora miré a la derecha. Volví a ver otra brisa, pero esta vez más fría, más triste, más pasiva. Andaba, las hojas a su paso no se movían. Cabizbaja. Tenía un tatuaje en el brazo. No me detuve a apreciar qué ponía. Esquivaba a la muchedumbre con unos reflejos... increíble. De repente, mientras seguía caminando, me dirigió su mirada. Yo estaba distraído, observando a una chica que casi se chocaba con aquella brisa, pero caí en la cuenta de que me estaba mirando... Os lo contaría pero tengo prisa... Llevo una hora, o más, para escribir todo esto.


Entonces apareció. Su pelo, su increíble mirada, que aunque estuviera oculta tras unas gafas de sol bien bonitas, sabía que esos ojos verdes sólo tenían un objetivo... Y sus labios, su carita de porcelana fina, su cuello suave, su vestimenta pija, alocada y valiente, sus piernas, por donde unas manos se pierden en un tacto explicitamente sensual... Y su andar, un caminar erguido, seguro de sí mismo, como comiéndose la calle con cada paso que realizaba... Y llegó a mi altura, se sentó a mi lado y me preguntó: "¿Tienes fuego?" mientras buscaba en su bolso el cigarrillo. Apenas sin mirarme. Le dije que no, que no fumaba. Se me quedó mirando, previa bajada de sus gafas hasta la punta de su nariz... Esa mirada no fue normal. Para nada normal. Y me arrancó un beso. Se lanzó, directa, sin vacilar... y consiguió llevarse el premio que había venido a buscar desde hacía varios años.


Y es que los primeros amores no se olvidan... ella no era mi primer amor, pero a partir de ahí si que lo comenzaría a ser...

- Abuelo, abuelo, ¿así es como conociste a la abuelita?
- Sí, hijo, si... Y nunca la dejaré de querer por mucho que ya no esté con nosotros...

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