Muchas veces nos queremos sentir el rey del mundo. Y no pasamos de la sensación de ser un masterchef en una cocina de hostal.
Y que para sentirte mejor, miras a otro lado. Para sanar. Y rápido, porque, al fin y al cabo, ya estás acostumbrado. Y errar concentrado en no hacerlo. Bailar para despejar miedos e inseguridades. Pero para que vuelvan más tarde, claro. Pensar que tienes más oportunidades, pero que, al parecer, ningún día es en el que tienes que tener suerte. Todos se hayan concentrados, hasta darte cuenta... de que alguno habrá en el que puedas dar la vuelta a la tortilla.
Y vengarte. Vengarte de aquellas voces en tu cabeza. Darte la razón por actos.
Y ganar. Diciendo, simplemente, la suerte que tienes.
Y preguntarte tantas cosas... Que dejarás al tiempo actuar, sin dejar que el espacio se haga mayor. Porque sabes qué sentir. Pero ahora debes descansar.
Aprender que la diferencia es abismal en cuestión de números pequeños.
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